Archive for the ‘Meditación’ Category


“El precio de la vida eterna” (Mt 16,21-27)

“Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho…” Con estas palabras se abre la lectura del Evangelio de este domingo. Llegados al capítulo 16, hemos leído más de la mitad del Evangelio de Mateo, y aquí aparece algo nuevo para los apóstoles que después se repetirá con más insistencia: Jesús tenía que ir a Jerusalén a morir y resucitar al tercer día. El Evangelio nos conserva tres anuncios de su pasión.

La frase “desde entonces” sugiere la pregunta: ¿Desde cuándo? ¿Por qué ahora y no antes? ¿Qué cosa determinó este comienzo? El punto determinante es la confesión de Pedro: “Tú eres el Cristo” (en hebreo: el Mesías). Jesús acepta esta definición de su identidad; pero ordena a sus discípulos “que no dijesen a nadie que él era el Cristo” (Mt 16,20). Y acto seguido comienza a instruirlos así: “que en Jerusalén debía sufrir mucho de parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser matado y resucitar al tercer día”. ¿Qué relación hay entre ambas cosas: entre su condición de Mesías y este destino trágico que él anunciaba? Aparentemente ninguna. El anuncio de Jesús resultaba más bien contradictorio para los apóstoles.

A todo hebreo del tiempo, formado en las Escrituras, Mesías sugería inmediatamente la imagen del rey David. El era el Mesías por excelencia y su reinado quedó en la conciencia popular como un tiempo proverbial, tal vez el único momento de su historia en que Israel fue un pueblo unido, soberano y en posesión de todos sus confines. Cuando se hablaba del que había de venir, del Mesías “hijo de David”, se pensaba en la restauración de esa misma situación. Esto explica la incomprensión de Pedro cuando Jesús anuncia su pasión y muerte: “¡Lejos de tí, Señor! ¡De ninguna manera te sucederá eso!”. Por inspiración divina, Pedro había confesado: “Tú eres el Cristo”. Esta era una verdad revelada por Dios. Pero Dios quería decir algo mucho más profundo y pleno con esas palabras. Los pensamientos de los hombres se referían a un Mesías como lo fue David; los pensamientos de Dios proyectaban a un Mesías como lo fue Jesús. Aquí más que nunca se verifica lo que dijo Dios por boca de Isaías: “Vuestros pensamientos no son mis pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos; cuanto superan los cielos a la tierra, así superan mis caminos a vuestros caminos y mis pensamientos a vuestros pensamientos” (Is 55,8-9).

Jesús era el Mesías que congregaría en unidad no sólo a Israel, sino a toda la humanidad, y lo haría destruyendo el pecado que es la fuerza dispersiva más potente. El pecado destruyó la unión tan estrecha entre Adán y Eva, el pecado destruyó el amor fraterno entre Caín y Abel, el pecado fue la causa de las confusión de lenguas y la dispersión de los pueblos, el pecado sigue destruyendo hoy los hogares, las familias, las naciones. Para salvarnos de esta fuerza de muerte que es el pecado y devolvernos la vida, Jesús debía morir en la cruz como víctima de expiación. Esta era su forma de ser Mesías y rey. Su reinado no abarca sólo los confines de Israel, sino que se extiende a todo el universo. Tiene su representación más evidente en la Iglesia Católica, que es una y universal. Desde el principio el demonio quiso apartar a Jesús de esta misión, tentandolo con el ofrecimiento de reinos y poder de este mundo (recordemos el episodio de las tentaciones). Y Jesús lo rechazó decididamente: “¡Apartate, Satanás!” (Mt 4,10). En el Evangelio de hoy, Pedro rechaza la idea que el Mesías tuviera que sufrir y objeta la misión que Jesús venía a cumplir. Por eso merece la misma reprensión. Es que si en algo Jesús fue estricto, fue en la absoluta fidelidad a su misión, tal como se la había encomendado su Padre.

Pero también respecto de la misión de cada uno de nosotros los pensamientos de Dios difieren de los humanos como el cielo de la tierra. Mientras los hombres en general buscan afanosamente “pasarlo bien”, gozar de comodidad, alejar las molestias y sacar el mayor partido de cada momento (”carpe diem” decían los paganos), por su parte, Jesús enseña: “Si alguno quiere venir en pos de mí, nieguese a sí mismo, tome su cruz y sigame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará”. Esta es nuestra misión. Ella incluye la negación de sí mismo y la cruz; pero concluye en la resurrección y la vida eterna. Cualquiera que se detenga a considerar atentamente esta frase de Cristo observará que encierra una paradoja. Es que Jesús juega con dos aspectos de la palabra “vida”. Su dicho se entiende así: el que quiera gozar al máximo en esta vida terrena, sin negarse en nada, terminará perdiendo esta misma vida (con la muerte) y también la vida eterna; en cambio, el que entregue su vida, consumiendola en el servicio de los demás, encontrará la vida eterna, que consiste en la paz y alegría en este mundo y la felicidad sin fin en el otro.

Alcanzar la vida eterna es el fin para el cual hemos sido creados. Si la misión del rey ideal, según la Biblia, es velar por la vida del huérfano, de la viuda y del desvalido, Jesús es el rey por excelencia. El murió para que nosotros tuvieramos vida eterna, como nos enseñó: “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). A esta vida se refiere Jesús en sus magníficas sentencias: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida?” Estas frases son tan evidentes e impactantes por sí mismas que cualquier comentario debe enmudecer. Encierran una verdad tan maciza que ellas solas han sido argumento suficiente para convertir a pecadores en mártires y santos.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo Auxiliar de Los Angeles (Chile)

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“Tú eres el Cristo…tú eres Pedro” (Mt 16,13-20)

El Evangelio de este domingo es uno de los más importantes en el estudio de la Iglesia fundada por Cristo y conviene analizarlo bien.

Basta leer con atención los Evangelios para observar que en su enseñanza y en su tenor de vida Jesús aparecía como uno de los grandes profetas de Israel. La mujer samaritana le dice: “Veo que eres un profeta” (Jn 4,19); cuando le preguntan al ciego de nacimiento qué dice de Jesús, responde: “Que es un profeta” (Jn 9,17); los discípulos de Emaús no podían creer que el desconocido que se les une en el camino no haya oído hablar de “Jesús de Nazaret, que fue un profeta poderoso” (Lc 24,19); y, en fin, el mismo Jesús toma con decisión el camino de Jerusalén, según dice, “porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén” (Lc 13,33).

Por eso cuando Jesús pregunta a sus discípulos: “¿Quién dicen los hombres que soy yo?”, ellos responden: “Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas”. Es cierto. Jesús es “un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo”, como lo definen los discípulos de Emaús. Pero es mucho más que eso. Hoy día los que no tienen fe en Cristo dan una respuesta similar: “Fue un gran hombre; un hombre excepcional; su doctrina es muy elevada, etc.” Pero los que se quedan sólo en esto, no saben lo que dicen, porque aún no lo conocen.

Jesús quiere ahora saber qué dicen de él sus discípulos, aquellos que lo habían dejado todo y lo habían seguido. Y mientras los otros pensaban la respuesta, se adelanta Pedro y exclama: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo”. Si todo el Evangelio no es más que la revelación de la identidad de Cristo, el Verbo de Dios encarnado, entonces esta frase de Pedro es el centro del Evangelio. Jesús aprueba la declaración de Pedro y lo llama “bienaventurado” porque no pudo concluir eso por deducción humana, sino por inspiración divina: “No te ha revelado esto la carne ni la sangre (es decir, el hombre), sino mi Padre que está en los cielos”. De paso, Jesús enseña que el conocimiento verdadero de él no se logra por un esfuerzo de la inteligencia humana, sino que es un puro don de Dios. Al hombre toca solamente no poner obstáculo. Por eso no tiene sentido que una persona sin fe reproche a otra que cree por sus opciones de vida. Sería como si un ciego reprochara a un pintor los colores que usa.

Jesús replica en un frase de idéntica estructura: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Es necesario observar que antes de esta frase de Cristo, el nombre “Pedro”, que hoy es tan popular, no existía, ni tampoco su equivalente arameo “Kefa”. El príncipe de los apóstoles no se llamaba así; su nombre era Simón, hijo de Jonás. Si el Evangelio lo llama “Pedro” y si así lo llamamos nosotros hoy es exclusivamente porque este fue el nombre que le dio Jesús en la frase que hemos citado. No se puede negar que Jesús intentó hacer un juego de palabras, que en griego (la lengua en que se escribió el Evangelio) suena así: “Sy ei Petros kai epí taute te petra oikodomeso ten mou Ekklesían”. La traducción que intencionalmente rompe este juego de palabras intentado por Cristo comete un abuso contra la Palabra de Dios. En efecto, algunos traducen: “Tú eres Pedro y sobre esta roca edificaré mi Iglesia”. Lo hacen para que se entienda que la “roca” es Cristo (muy cierto por los demás) y así disminuir el rol de Pedro como fundamento de la Iglesia de Cristo.

En el ambiente semítico el nombre representa lo que la persona es. El cambio de nombre, sobre todo, cuando el que lo hace es Dios mismo, indica una misión. En este caso, Jesús cambia el nombre de Simón y lo llama “Pedro” para confiarle la misión de piedra basal sobre la que iba a edificar “su Iglesia”. Podemos concluir que una comunidad cristiana que no reconozca a Pedro como su fundamento no puede llamarse la “Iglesia de Cristo”. Jesús continúa: “A tí te daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos”. A nadie dijo Jesús palabras semejantes. Si lo que haga Pedro en la tierra queda hecho en el cielo, eso quiere decir que Pedro no puede errar cuando define una verdad relativa al Reino de los cielos, pues en el cielo no puede quedar sancionado un error. Por tanto, esta sentencia de Cristo promete a Pedro el don de la “infalibilidad” en materia de fe y moral.

Consta que Jesús quiso fundar una Iglesia que perdurara hasta el fin de los tiempos. Por eso afirma aquí que los poderes del infierno no prevalecerán contra ella. Y cuando asciende al cielo, promete: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Debe perdurar también la piedra basal de la Iglesia; debe perdurar también Pedro. Esta misma misión, con la misma garantía divina de la infalibilidad, perdura en los Sucesores de Pedro, es decir, en el Romano Pontífice. Si no tuvieramos fe, de todas maneras, un estudio histórico de esta institución que, a pesar de todos los embates, ha durado ya veinte siglos, debería hacernos pensar. Más que nunca resplandece esta verdad hoy en la persona y la misión del Papa Juan Pablo II, que continuamente dice a la Iglesia y al mundo esas verdades que “no le han revelado ni la carne ni la sangre, sino el Padre que está en los cielos”.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo Auxiliar de Los Angeles (Chile)

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“Asunción de la Virgen María” (Lc 1,39-56)

Cuando una fiesta cae en día domingo tiene que tocar muy de cerca el misterio de Cristo para que su liturgia propia prevalezca sobre el día del Señor. El 15 de agosto la Iglesia celebra la solemnidad de la Asunción de la Virgen María al cielo. Se trata del triunfo de la Madre del Señor. Su celebración no hace más que realzar la grandeza de su Hijo. La Asunción de la Virgen María al cielo es un aspecto del misterio de Cristo, que merece ser celebrado en el día del Señor.

Un dogma de fe es la formulación de una verdad revelada por Dios. Cuando todo el pueblo cristiano cree una verdad revelada y vive de ella, no es necesario formularla como dogma. En cambio, cuando una verdad revelada es discutida o se oscurece y de esa manera compromete la integridad del misterio de Cristo, entonces la Iglesia se ve en la obligación de proclamarla dogma de fe. Es el caso del dogma de la Asunción de María al cielo. Para la definición de un dogma de fe el Sumo Pontífice habla claramente “ex cathedra” y, en la plenitud de su poder, ejercita su carisma de “infalibilidad”. Por eso el católico que rehúsa prestar fe a un dogma definido ha naufragado en la fe, pues compromete la integridad del misterio cristiano.

El dogma de la Asunción de la Virgen María fue definido por el Papa Pío XII el 1º de noviembre de 1950 con la Contitución Apostólica “Munificentissimus Deus”. Conviene citar textualmente las palabras con que lo hace: “Pronunciamos, declaramos y definimos que es dogma revelado por Dios que la Inmaculada Madre de Dios siempre Virgen María, concluido el curso de su vida terrena, fue asunta a la gloria celestial en cuerpo y alma”. Hemos dicho que esta verdad relativa a la Virgen María toca de cerca el misterio de Cristo, el Verbo encarnado. En efecto, se trata de aquella de quien el Hijo de Dios tomó carne y se hizo hombre, según la frase de San Pablo: “Cuando llegó la plenitud de los tiempos mandó Dios a su Hijo nacido de mujer”. No podía conocer la corrupción del sepulcro el cuerpo de esta mujer, que reconocemos como Madre de Dios.

La muerte y la corrupción no formaba parte del proyecto original de Dios. “Dios creó al hombre para la incorruptibilidad, le hizo a imagen de su misma naturaleza” dice el libro de la Sabiduría (Sab 2,24). Sabemos que la muerte y la corrupción entraron en el mundo por causa del pecado de Adán, según la antigua sentencia: “Polvo eres y en polvo te convertirás” (Gen 3,19). La doctrina del pecado original afirma que el pecado de Adán se propagó a todo el género humano. Cada uno puede experimentar en su vida la verdad de esta doctrina cuando sufre la inercia que le impide hacer el bien que quisiera. Por eso no somos todos santos.

La Virgen María, desde el primer instante de su concepción, fue inmune del pecado original y de todo pecado. Por eso la proclamamos Inmaculada en su Concepción (este misterio es el que da nombre a nuestra Arquidiócesis de la Santísima Concepción y a la ciudad del mismo nombre). No hizo presa en ella el pecado. Por eso tampoco tiene vigencia en ella la sentencia: “En polvo te convertirás”. Si nos preguntamos: “¿Por qué sólo ella fue inmune del pecado y de la corrupción?”, la respuesta es esta: “Por singular privilegio, pues estaba destinada a ser la Madre del Salvador, Madre del que venía a salvarnos del pecado”. Si le preguntaramos a la misma Virgen María: “¿Por qué ella?”, nos da-ría esta respuesta: “El Poderoso ha hecho en mí obras grandes, porque ha visto la humildad de su esclava; por eso todas la generaciones me llamarán bienaventurada”.

El Evangelio de hoy nos relata la visitación de la Virgen María a su pariente Isabel, la madre de Juan Bautista, llamado el precursor. La Virgen acababa de recibir el anuncio del ángel Gabriel y había concebido en su seno a Jesús por obra del Espíritu Santo. Apenas se encuentran es-tas dos mujeres, comienza la estrecha relación entre los respectivos hijos. Juan, todavía en el seno de su madre, reconoce a Jesús en el seno de la suya y salta de gozo. E Isabel exclama: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”.

Esta frase no es un mero saludo gentil. El Evangelio dice que Isabel fue llena del Espíritu Santo y profirió ese saludo en alta voz. Se trata, por tanto, de una expresión profética. ¿Bendita entre cuáles mujeres? El Antiguo Testamento está jalonado por la presencia de muchas grandes mujeres de las cuales dependió en su momento la salvación del pueblo. Hay una verdadera cadena comenzada por Eva y seguida por Sara, Rebeca, Raquel, Débora, Rut, Judit, Ester… La Escritura canta la alabanza de algunas de estas mujeres sin restricción. Pero la más grande de todas ellas, la que corona la cadena, es María, porque ella es la Madre del Salvador. Eso es lo que dice la segunda parte del saludo de Isabel: “Bendito el fruto de tu vientre”.

Quien sea este “fruto del vientre” lo aclara Isabel acto seguido: “¿A qué debo que venga a mi la Madre de mi Señor?”. Quiere decir: “La Madre del Cristo”, del esperado por los hombres. Es la misma expresión que usó Jesús para explicar que el Cristo no es hijo de David, sino mucho mayor que David. Discutiendo con los escribas argumenta: “El mismo David, en el Espíritu Santo, dice: Dijo el Señor a mi Señor… El mismo David lo llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?” (Mc 12,36). La Virgen María es Madre del Señor, de aquel que confesamos Dios y hombre verdadero.

La fiesta de hoy nos enseña que ya una mujer de nuestra naturaleza está gloriosa en el cielo; nos recuerda que también nuestro cuerpo está llamado a ser santo en esta tierra para ser resucitado y glorificado en el cielo el último día.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo Auxiliar de Los Angeles (Chile)

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“Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” (Mt 14,22-33)

El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús caminando sobre las aguas y a Pedro que pide ir a su encuentro. Es la continuación inmediata del episodio de la multiplicación de los panes que hemos comentado el domingo pasado. Hay que considerar que los apóstoles acababan de vivir esa experiencia y estaban aún bajo su efecto. Cuando, indicando a la multitud, Jesús les dijo: “Dadles vosotros de comer”, esa orden les había parecido absolutamente imposible de cumplir con sólo cinco panes y dos peces. Pero, en definitiva, la palabra de Jesús se cumplió, pues “comieron todos y se saciaron”.

Cuando Jesús hubo reparado las fuerzas de todos, entonces accedió a la petición de los apóstoles de “despedir a la gente”: “Obligó a los discípulos a subir a la barca y a ir por delante de él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente”. El Evangelio incluye, de pasada, una observación que es una magnífica lección para nosotros: “Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí”. Esta frase vale más que un extenso tratado sobre la oración. Jesús tenía necesidad de recogerse en la soledad y el silencio para entregarse a la oración. Después de la agitación de la jornada, al atardecer, necesitaba tener este trato de intimidad a solas con su Padre. Esto es lo que han anhelado todos los místicos y contemplativos: “Estar mucho rato a solas con Dios solo”, según la expresión de la carmelita Isabel de la Trinidad.

Entretanto la barca en que estaban los discípulos comenzó a ser agitada por las olas y por el viento contrario de manera que no lograba avanzar. Pero los apóstoles eran pescadores y conocían este lago donde se habían criado como la palma de su mano. No le tenían miedo. Era bien pasada la medianoche, poco antes del alba, cuando “vino Jesús hacia ellos, caminando sobre el mar”. Ahora sí que tienen miedo. Es el miedo del hombre ante lo trascendente, ante una manifestación de la divinidad: “Viendolo caminar sobre el mar, los discípulos se turbaron y decían: ‘Es un fantasma’, y de miedo se pusieron a gritar”. Hasta que escuchan la palabra tranquilizadora de Jesús: “¡Animo!, soy yo; no temáis”. Los apóstoles debieron sentir el gozo de pasar del temor a la confianza, debieron vivir la experiencia de quien encontrandose en peligro de muerte y sin esperanza de salvación, de pronto ve llegar las fuerzas de rescate. Eso, pero mucho más.

En medio de este entusiasmo Pedro dice a Jesús: “Señor, si eres tú, mandame ir donde ti, caminando sobre las aguas”. Comprendemos que Pedro deseara ardientemente estar junto a su Señor y que sintiera urgencia de llegar donde él. Pero la petición nos parece excesiva y hasta temeraria. Y así debió parecer a los demás apóstoles que se quedan en suspenso mientras llega la respuesta de Jesús. Para su sorpresa, Jesús responde: “¡Ven!”. Y aquí empieza la aventura de la fe. Se puede explicar lo que es la fe de manera teórica. Pero lo que ahora sucede es una representación plástica de lo que es la fe en Cristo.

“Pedro se puso a caminar sobre las aguas yendo hacia Jesús”. En la multiplicación de los panes, Pedro había experimentado el poder de la palabra de Jesús. Sobre la base de esa misma palabra que le había dicho: “¡Ven!”, ahora no tiene duda y camina sobre el agua desafiando las leyes de la naturaleza. Mientras cree, el agua se solidifica bajo sus pies; pero cuando asoma la duda, el agua deja de sustentarlo: “Viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: ¡Señor, salvame!”. Vuelve el miedo, que antes había sido disipado por la presencia de Jesús. Pedro tendría que haber mantenido la actitud del creyente que dice: “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo porque tú vas conmigo” (Sal 23,4). Jesús lo toma; pero no deja de reprocharle su falta de fe: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”.

El hombre puede obtenerlo todo de Dios, porque Dios es omnipotente. Pero el poder de Dios queda bloqueado ante la falta de fe. A Dios no se le pueden pedir las cosas “por si acaso”, mientras nos aseguramos también por otro lado. Eso es lo mismo que desconfiar de su poder infinito. Por eso fueron beneficiados con milagros solamente quienes tenían fe en Cristo. Cuando Jesús veía que alguien tenía fe suficiente como para confiar que él podía hacer un milagro, entonces lo hacía. Por ejemplo, en el caso del paralítico, cuando Jesús le dijo: “Levantate, toma tu camilla y vete a tu casa”, se requería una gran dosis de fe para obedecer. El paralítico creyó que Jesús podía sanarlo y por eso, “se levantó y se fue a su casa” (Mt 9,2ss). En otras ocasiones, a quien le suplica un milagro, Jesús responde: “Anda, que te suceda como has creído” (Mt 8,13).

Pedro, que tuvo aquí un momento de vacilación y que después incluso negó al Señor, más tarde fue confirmado en su fe. Por eso, una vez puesto a la cabeza de la Iglesia, lo vemos a él mismo diciendo a un paralítico: “En nombre de Jesucristo el Nazareno, ponte a andar” (Hech 3,6). El mismo explica este hecho así: “Por la fe en su nombre ha sido restablecido éste que vosotros veis y conocéis” (Hech 3,16). Es la fe en Jesucristo que él entonces tenía. A esta altura Pedro habría corrido sobre el agua a la menor insinuación de Jesús.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo Auxiliar de Concepción

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“Dadles vosotros mismos de comer” (Mt 14,13-21)

En los tres últimos domingos, el Evangelio nos presenta¬ba diversas parábolas por medio de las cuales Jesús expuso el misterio del Reino. Este domingo no nos presenta una parábola, sino un episodio real de la vida de Jesús: la multiplicación de los panes. Es un hecho que tiene un profundo significado.

“Jesús se retiró en una barca a un lugar desierto”. Pero cuando la gente lo supo vinieron a él, a pie, de las ciuda¬des. Cuando se hizo tarde los discípulos le dicen: “El lugar es desierto. Despide a la gente para que vayan a los pueblos y se compren comida”. Dos veces se insiste en que se encuen¬tran “en el desierto” y en esa situación es imposible proveer alimento para toda esa gente. Entonces Jesús realiza el milagro de multi¬plicar cinco panes y dos peces y nutrir a la multitud. El hecho evoca fuertemente ese otro momento de la historia, que estaba siempre vivo en la memoria del pueblo, en que Dios, después del éxodo, “en el desierto”, nutrió a su pueblo con el pan del cielo. En ese caso el pueblo se había quejado contra Moisés dicien¬do: “Nos has hecho salir a este desierto para matarnos de hambre”. Y cuando a la mañana siguiente el pueblo ve sobre el suelo una sustancia granulosa blanca y pregunta: “¿Qué es esto?”, Moisés respon¬de: “Este es el pan que el Señor os da” (Ex 16,15). Es la historia del “maná en el desierto”.

Aquí Jesús asume el lugar de Dios, y nutre a “cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños… y después que todos se saciaron, recogen doce canastos con los trozos que sobraron”. Uno puede creer o no creer en los milagros. Pero lo que no se puede dudar es que el evangelista Mateo (y también los demás evangelistas, pues el hecho tiene paralelos en los cuatro Evangelios) quiso referir un milagro, es decir, uno de esos hechos que no tienen explicación natural y que sólo Dios puede realizar. El evangelista quiere afirmar que Jesús tiene este poder; que El es el Hijo de Dios, como confesamos en el Credo de la fe: “Dios de Dios… Dios verdade¬ro del Dios verdadero”. Para entender el Evangelio de hoy es necesario tener fe en esta verdad.

Jesús dice a los apóstoles: “Dadles vosotros de comer”. Pero no, ellos no pueden. Por eso objetan: “No tenemos más que cinco panes y dos peces”. Entonces Jesús dice: “Traedme¬los acá”. Mientras se realiza esta orden, se verifica lo que dice acerca de Dios mismo uno de los salmos: “Todos están mirando hacia ti, esperando que les des su alimento a su tiempo; se los das y ellos lo cogen, abres tu mano y se sacian de bienes” (Sal 105,27-28). Jesús toma en sus manos los panes y los peces, “se lo dio a los discípulos y los discípulos a la gente”. Finalmen¬te resulta cierto que los discípulos “dan de comer” a la gente; pero sólo después que Jesús ha abierto su mano y ha dado el alimento a su tiempo.

Jesús demuestra que él enseña con sus palabras y con sus hechos. El había predicado: “No andéis preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos?… Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todas esas cosas se os darán por añadidura” (Mt 6,31-33). Los hombres y mujeres que lo seguían a él en el desierto, habían encontrado el tesoro del Reino, ¡no se iban a estar preocupando de comida y bebida! Eso les fue dado por añadidu¬ra, y en abundan¬cia: se saciaron de bienes. Aunque sea necesario que Dios haga un milagro, su palabra no puede quedar sin efecto: “se os dará por añadidura”.

Cuando Dios creó la tierra, la llenó de toda clase de bienes y en abundancia. Todos sabemos que la tierra produce bienes suficientes para saciar a todos los hombres que la habitan. Sin ir más lejos, nuestro país, Chile, que sin duda es “copia feliz del Edén”, por su belleza y abundancia de recur¬sos, es perfectamente capaz de nutrir su población. De todos lados se oye decir: “Es posible eliminar la pobreza”. Y, sin embargo… La razón de que en Chile haya una parte importante de la población que sufre hambre y pobreza es que no se busca “primero el Reino de Dios”. Hoy sigue resonando la orden de Cristo, dirigida a cada uno de noso¬tros: “Dadles vosotros mismos de comer”. Y esto es posible al hombre gracias al progreso técnico; pero ¡es imposible sin Dios! Todos sostie¬nen que es posible, todos los desean. Pero no lo logran. Es porque hay una fuerza superior que se opone y que el hombre solo no puede vencer: llámesela como se quiera; en la revelación bíblica se llama “pecado”. De éste no nos libra la técnica, ni los buenos deseos, ni las leyes humanas, por perfectas que sean; de esta fuerza nos libra solo la gracia de Dios, obtenida por la muerte de Cristo en la cruz.

El Evangelio de hoy nos muestra que si los hombres buscan a Cristo y lo siguen, él mismo se ocupará de saciar el hambre de todos, nos enseña que si los hombres buscan primero el Reino de Dios y su justicia, todas las necesidades materiales serán saciadas por añadidura, aunque para eso sea necesario que Dios obre un milagro. En realidad el milagro máximo es la liberación del hombre de la esclavitud del pecado.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo Auxiliar de Los Angeles (Chile)
 

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El Reino de los cielos (Mt 13,24-43)

Continuamos la lectura del discurso en parábolas donde lo habíamos dejado el domingo pasado después de la parábola del sembrador. Este domingo se nos proponen otra tres parábolas: la parábola de la cizaña sembrada en medio del trigo con su explicación, la parábola del grano de mostaza y la parábola de la levadura en la masa.

Estas tres parábolas y también las demás que incluye este capítulo 13 de San Mateo se introducen con las mismas palabras: “El Reino de los cielo es semejante a…”. Inmediatamente nos asalta la pregunta: ¿Qué es el Reino de los cielos? ¿Qué quiere decir Jesús con esta expresión que él usó tan a menudo? En realidad, de “Reino de los cielos” no se puede dar una definición precisa. Tampoco lo pudo hacer Jesús y por eso, recurrió a las parábolas que estamos leyendo. Después de haberlas leído todas tendremos una idea de más clara sobre ese concepto. Por ahora diremos que “Reino de los cielos” es la expresión que Jesús usó para llamar de alguna manera adecuada y verdadera la novedad que entró en el mundo con su venida. En la Persona de Jesús Dios mismo entró en la historia humana. El Dios que “habita una luz inaccesible y a quien no ha visto ningún ser humano ni lo  puede ver” (1Tim 6,16), aquél cuyo nombre es tan trascendente que ni siquiera se podía pronunciar, ahora es parte de nuestra historia humana; todo hombre y toda mujer tienen parentesco con él, pues todos comparten con él la naturaleza humana. Esto es lo que el IV Evangelio dice en términos vigorosos: “La Palabra era Dios… La Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros” (Jn 1,1.14). Ya no es un Dios lejano e inaccesible; ahora habita entre no-sotros, se ha hecho uno de nosotros.

El misterio admirable de que el Eterno haya entrado en el tiempo y el Inmenso se haya hecho un niño pequeño no se puede encerrar en fórmulas exactas; sólo se puede sugerir. Con este fin recurrió Jesús al concepto de Reino de los cielos. El evangelista San Mateo lo pone ya en boca del Precursor: “Por aquellos días aparece Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea: ‘Convertíos, porque ha llegado el Reino de los cielosÂ’” (Mt 3,1-2). Son las mismas palabras con que comienza Jesús su predicación: “Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: ‘Convertíos, porque ha llegado el Reino de los cielosÂ’” (Mt 4,17). Y es lo mismo que él envió a predicar a sus primeros enviados: “Id proclamando que el Reino de los cielos está cerca” (Mt 10,7). Por medio de las tres parábolas que leemos este domingo Jesús quiere destacar algunos aspectos del misterio de su presencia en el mundo.

Todos conocemos la parábola de la cizaña sembrada en medio del trigo, al punto que “meter la cizaña” es una expresión popular para indicar una intervención maligna que intenta arruinar lo que estaba bien. El Reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero su enemigo sembró cizaña en medio del trigo. El punto de la parábola surge del hecho que en el campo trigo y cizaña están mezclados y en la etapa de crecimiento se confunden, de manera que no se puede arrancar la cizaña sin correr el riesgo de arrancar el trigo. Por eso cuando los siervos proponen al dueño del campo: “¿Quieres que vayamos a recogerla?”, reciben esta respuesta: “No, no sea que al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo”. Esta es la norma que se debe observar en la etapa del crecimiento; pero el dueño agrega: “Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega”. Sólo en este momento se puede distinguir clara-mente el trigo de la cizaña. Entonces será recogida la ci-zaña y arrojada al fuego, y el trigo será guardado en el granero.

Jesús explica a sus discípulos que el campo es el mundo y que en el mundo están confundidos los “hijos del Reino” y los “hijos del Maligno”. En la etapa histórica que a cada uno le toca vivir no es posible distinguirlos sin caer en error; no nos corresponde a nosotros el juicio de nuestros contemporáneos. El juicio que decretará la separación de unos y otros ocurrirá al fin del mundo, pues “la siega es el fin del mundo”.

Las aplicaciones de esta parábola son múltiples. Pensemos, por ejemplo, en Zaqueo que era jefe de publicanos y que, según su propia confesión, había defraudado a muchos; en el concepto de los fariseos, era cizaña que había que arrancar, pero, llegado a pleno desarrollo, Jesús dijo de él: “También éste es hijo de Abraham” (Lc 19,9), es decir, resultó ser trigo. Pensemos en María Magdalena, de la que habían salido siete demonios (cf. Lc 8,2) y hoy día la veneramos como santa. Pensemos, sobre todo, en el “buen ladrón” que fue crucificado a la derecha de Jesús y que reconoce haber merecido este castigo. A él Jesús le dijo: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23,43). Había que esperar hasta ese último instante para descubrir que no era cizaña, sino buen trigo. A estos tres se aplica la conclusión de Jesús: “Los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre”.

Por medio de la parábola del grano de mostaza Jesús quiere predecir el asombroso crecimiento que tendría en el mundo lo que comenzó tan modestamente con sus primeros discípulos: “El grano de mostaza es ciertamente más pequeña que cualquier otra semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas y se hace árbol”. Por medio de la parábola de la levadura en la masa Jesús impone a sus discípulos la tarea de difundir en el mundo y hacer penetrar en todos los ambientes lo enseñado por él: “El Reino de los cielos es como la levadura que fermenta todo”. A esto se refiere la expresión “evangelización de la cultura”; se trata de que los valores evangélicos resplandezcan en todas las manifestaciones de la vida humana.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo Auxiliar de Los Angeles (Chile)

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Que la Palabra de Dios caiga en terreno fértil (Mt 13,1-23)

Este domingo comenzamos a leer el “discurso parabólico” que cubre todo el capítulo 13 del Evangelio de Mateo. Se presenta a Jesús sentado, en la actitud del maestro que enseña. Su cátedra es una barca: “Se sentó junto al mar; y se reunió mucha gente ante él, de manera que, subido en una barca, se sentó, y toda la gente quedaba en la orilla”. El evangelista no precisa el tema del discurso que va a seguir, sino el método usado: “Les habló muchas cosas en pa-rábolas”. La enseñanza es variada: “muchas cosas”; el método, en cambio, es el mismo: “en parábolas”. Por eso este discurso recibe su nombre, no de su contenido, sino del método empleado: discurso parabólico. En esta ocasión leemos la “parábola del sembrador” que es la primera de una serie de siete parábolas.

Si lo que distingue el discurso es que se usa el método de la parábola, antes de entrar en él, es necesario decir en qué consiste este método. La parábola consiste en presentar una historia o una situación de la vida real cotidiana ante la cual el auditorio es llevado a tomar partido; una vez comprometido dentro de esa situación o historia de la vida real, se le hace ver su analogía con una verdad salvífica, induciendolo así, por coherencia, a asumir un compromiso análogo con esa verdad de fe. Aunque la analogía usada en la parábola sea nítida, ésta no alcanza su efecto si no se aporta la fe. Así se explica por qué Jesús, no obstante la claridad del método, concluya: “El que tenga oídos, que oiga”. Esta no es una frase banal; lo que Jesús quiere decir es que hay una audición interior de fe y que sólo ella permite comprender el sentido de la enseñanza. Jesús sigue justificando el método: “Les hablo en parábolas, porque así, viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden”. Se refiere a los que no aportan fe. Escuchando hoy las parábolas de Jesús debemos cerciorarnos de tener esa audición de fe.

En otras ocasiones hemos comentado la parábola del sembrador desde el punto de vista del que siembra. Hemos dicho que, a pesar del fracaso que encuentra gran parte de la semilla, vale la pena sembrar a causa de la pequeña fracción que produce abundante fruto. Esta es la conclusión a que se llega en la vida real. Por eso el sembrador sigue saliendo a sembrar. De aquí se concluye que también el que predica la Palabra de Dios debe hacerlo siempre, a pesar de saber que encontrará en la mayoría de sus oyentes indiferencia, inconstancia, desinterés; la pequeña fracción de los oyentes -aunque sea sólo uno- que la acogen, la comprenden y dan fruto justifica todo el esfuerzo.

El sembrador es perfectamente anónimo en la parábola; acerca de él no se dice nada que pueda identificarlo. Es que la diferencia no la hace el sembrador. La diferencia tampoco está en la semilla; ella es siempre la misma. Toda la diferencia está en el terreno que recibe la semilla: la orilla del camino, pedregoso, con espinas o fértil, y de esto depende todo el fruto. Así ocurre con el anuncio de la Palabra de Dios. Ella es siempre excelente y tiene siempre la misma virtud, quienquiera que la anuncie. La diferencia está en el corazón de quien la escucha. San Pablo fue ciertamente un gran predicador; pero él escribe: “¿Qué es, pues, Apolo? ¿Qué es Pablo?… ¡Servidores, por medio de los cuales habéis creído!… Yo planté, Apolo regó; mas fue Dios quien dio el crecimiento. De modo que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios que hace crecer” (1Cor 3,5-7). A la luz de esta parábola resulta falsa la actitud de algunos cristianos que justifican su falta de compromiso y de entrega echando la culpa a algún sacerdote o religiosa. La única culpa está en sí mismos.

La semilla que cae a orilla del camino y es comida por las aves se compara con el que escucha la Palabra del Reino, pero viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón. Esto es lo que ocurrió cuando San Pablo predicó la resurrección de Cristo en el Areópago de Atenas: “Al oír la resurrección de los muertos unos se burlaron y otros dijeron: ‘Sobre esto te oiremos otra vez’” (Hech 17,32). En éstos la Palabra fue arrebatada inmediatamente por el Maligno. Pero ni aun allí la predicación fue inútil: “Pero algunos hombres se adhirieron a él y creyeron, entre ellos Dionisio el Areopagita, una mujer llamada Dámaris y algunos otros” (Hech 17,34). Valió la pena sembrar.

En otros la Palabra ejerce su fascinación: “Oyen la Palabra y al punto la reciben con alegría”. Pero son inconstantes y ante cualquier tribulación a causa de la Palabra sucumben. Estos son los que no están dispuestos a sufrir nada por Cristo. No merecerán nunca que Cristo les diga: “Bienaventurados vosotros cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos” (Mt 5,11-12).

En otros, el terreno tiene espinas: las preocupaciones del mundo y el engaño de las riquezas ahogan la Palabra. Estos están tan ocupados en los asuntos de este mundo que no tienen tiempo para pensar en la vida eterna, ni siquiera para la Eucaristía dominical; o bien son engañados por las riquezas como el joven rico. A éste le habló Jesús mismo; pero sus riquezas lo convencieron de que ellas lo harían feliz. Pero lo engañaron.

Jesús dijo esta parábola para sus contemporáneos y también para nosotros, para movernos a examinar nuestra vida y ofrecer a la Palabra de Dios un corazón como el de la Virgen María: “María guardaba cuidadosamante estas Palabras y las meditaba en su corazón” (Lc 2,19.51). En nadie ha encontrado la Palabra un terreno más fértil. En ella la Palabra se hizo carne.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo Auxiliar de Los Angeles (Chile)

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La ciencia de los pequeños (Mt 11,25-30)

“Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito”. Con esta expresión de alabanza, salida de los labios de Jesús, comienza el Evangelio de hoy.

¿A quién se dirige Jesús con el nombre de “Padre”? ¿De quién es hijo él? Jesús llama Padre al “Señor del cielo y de la tierra”. Y éste no puede ser otro más que Dios. Es cierto que “señor de la tierra” podría entenderse como referido al ser humano. En efecto, Dios creó al ser humano hombre y mujer y les dijo: “Henchid la tierra y dominadla” (Gen 1,28), es decir, “sed su señor”. Así interpreta esa orden de Dios el Salmo 8: “Lo hiciste señor de las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies” (Sal 8,7). Si Jesús hubiera llamado a su Padre solamente “señor de la tierra”, se podría entender que él es solamente “hijo del hombre”, expresión a menudo usada por él para acentuar su naturaleza humana. Pero él llama a su Padre “Señor del cielo y de la tierra”, y “Señor del cielo”, ¿quién puede ser sino sólo Dios? Lo dice la primera línea de la Biblia: “En el principio creó Dios el cielo y la tierra” (Gen 1,1). Jesús se declara entonces Hijo de Dios.

Esta declaración es tanto más impactante cuanto que le sale espontáneamente de su interior. Luego la corrobora con una expresión más formal: “Todo me ha sido entregado por mi Padre”. En ese “todo” ciertamente se incluye todo lo creado –en el cielo y en la tierra-, como dice el himno cristológico de la carta de San Pablo a los colosenses: “En él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles… todo fue creado por él y para él, él existe con anterioridad a todo y todo tiene en él su consistencia” (Col 1,15-17). Pero lo más fundamental que un padre entrega a su hijo no es la herencia de todos sus bienes, sino su propia naturaleza: todo padre engendra un hijo de su misma naturaleza. Así ocurre también con Jesús; él es Hijo de Dios y como tal ha recibido de Dios la naturaleza divina. Pero mientras en la generación humana el padre y el hijo son dos personas y cada una es una sustan-cia individua, es decir, dos sustancias de naturaleza humana, en el caso de la generación divina el Padre y el Hijo son dos Personas distintas pero ambas son la misma y única sustancia divina, son el mismo y único Dios, pues Dios no puede ser más que uno.

¿Por qué motivo alaba Jesús a su Padre? Por su modo de proceder en cuanto a la revelación, es decir, en la manifestación de verdades que la inteligencia humana por sus propias fuerzas naturales no puede alcanzar y que son las que dan sentido a la existencia: las oculta a sabios e inteligentes y las revela a pequeños. Jesús se entusiasma por ese modo de proceder y da su aprobación; él habría actuado igual: “Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito”. En realidad habría bastado que dijera: “Las revelas a pequeños”, porque a quien Dios no las revela, quienquiera que sea, le permanecen ocultas. Si agrega el primer miembro: “Las ocultas a sabios e inteligentes”, es para destacar por contraste el segundo: “Las revelas a pequeños”, y para dar un ejemplo de quiénes ante esas verdades quedan excluidos.

Hay, sin embargo, un problema en este contraste. Es que “sabios e inteligentes” no se opone a “pequeños”, sino a “necios y tardos”. Y no es a éstos a quienes revela el Padre sus misterios, sino a los pequeños. Por otro lado, “sabiduría e inteligencia” son los más altos dones del Espíritu Santo en cuanto que nos permiten precisamente gustar y comprender las cosas divinas. ¿Quiénes son entonces en la frase de Jesús los “sabios e inteligentes”? Son los que presumen de tales, los que piensan que con su intelecto humano pueden alcanzar toda la verdad; son los que el mundo considera grandes por razón de su ciencia e inteligencia, los que no tolerarían ser llamados “pequeños”. A éstos Dios no les revela sus cosas.

¿Quiénes son los pequeños? Pequeño era Pedro y por eso recibió de Dios la revelación de quién era Jesús: “Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo” (mt 16,17). Pedro era un humilde pescador de Galilea que ante Jesús exclama: “Apartate de mí, Señor, que soy un pecador” (Lc 5,8); que reconociendo su incapacidad pregunta a Jesús: “¿Quién podrá salvarse?” (Mt 19,25), y que en la angustia clama a él: “¡Señor, salvame!” (Mt 14,30). Grande, en cambio, eran Herodes, Pilato, el César, el Sumo Sacerdote, etc. la lista podría alargarse mucho. Pero éstos nunca conocieron quién era Jesús. Cada uno puede discernir en cuál grupo se encuentra según que haya recibido o no la revelación de “esas cosas”. Para los unos son ocultas y para los otros son claras.

Queda por responder ¿cuáles son esas cosas? Se trata de aquellas cosas que la ciencia humana no puede alcanzar y que, sin embargo, una vez conocidas, explican el sentido de todo lo creado. Respondamos con las palabras de San Agus-tín: “En toda obra precede el diseño y de allí sigue la ejecución; precede lo que no ves, para que siga lo que ves. Ves el edificio, y alabas el diseño; consideras lo que ves y alabas lo que no ves. Porque es más importante lo que no ves que lo que ves. Con toda razón son acusados los que pueden investigar el número de las estrellas, los intervalos de los tiempos, los que pueden conocer y predecir los eclipses de sol y de luna; son acusados con razón porque a Aquel por quien estas cosas fueron hechas y ordenadas no lo encontraron, y no lo encontraron porque no se preocuparon de buscarlo. Tú, por tanto, no te preocupes tanto si ignoras el curso de las estrellas y de los cuerpos celestes y terrestres; tú contempla la belleza del mundo, y alaba el designio del Creador; contempla lo que hizo, y ama a quien lo hizo. Sobre todo, ten en cuenta esto: ama a quien lo hizo, porque Él te hizo a ti mismo a su imagen para que lo puedas amar” (Sermón 68,5). La comprensión de esto es lo que Dios revela a los pequeños. ¡Bendito sea!

+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo Auxiliar de Los Angeles (Chile)

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Dar testimonio de Cristo ante los hombres (Mt 10,26-33)

El domingo pasado veíamos que Jesús, considerando la situación de abandono –“como ovejas sin pastor”- en que se encontraban los hombres de su tiempo, y de todos los tiempos, movido por la compasión, eligió a doce de sus discípulos y después de darles poder los envió a anunciar la Buena Nueva de la salvación y a hacerla operante. El discurso apostólico, que estamos leyendo, consiste en las instrucciones que les dio para esa primera misión y para toda misión futura.

Uno de los aspectos de esta misión de salvación es la persecución. Jesús los previene contra toda falsa expectativa. Si el apóstol quiere ser fiel a su misión sufrirá persecución: “Seréis odiados por todos por causa de mi nombre… cuando os persigan en una ciudad huid a otra, y si también en ésta os persiguen, marchaos a otra…”. Si la misión es la misma que Jesús recibió de su Padre, entonces la suerte que espera a sus enviados es la misma que tuvo él: “No está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo por encima de su amo. Ya le basta al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su amo. Si al dueño de la casa lo han llamado Beelzebul, ¡cuánto más a sus domésticos!” (Mt 10,24-25). Llamar a Jesús con el nombre del príncipe de los demonios es lo máximo; nadie podría imaginar algo más falso. Los enviados de Jesús deberán esperar ser llamados cosas peores. Y no sólo esto, sino que, por su fidelidad a la verdad que tienen que anunciar, deberán también esperar ser sometidos a muerte, como lo fue Jesús. Aquí comienza el Evangelio de este domingo.

En este contexto de persecución y de muerte a que serán sometidos sus enviados, Jesús los tranquiliza diciendoles tres veces: “No les temáis… no temáis a los que matan el cuerpo… no temáis, pues…”. Lo que los seres humanos más temen es la muerte violenta. ¿Cómo puede pedir Jesús a sus discípulos que no la teman? Lo puede hacer porque él vino precisamente a liberar a los hombres del temor a la muerte. Éste es el objetivo de la Encarnación: “(Jesús participó de la sangre y de la carne) para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al Diablo, y libertar a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud” (Heb 2,14-15). La insistencia de Jesús: “No temáis”, es una promesa. Sus enviados deben confiar en que, dado el caso, él les concederá superar el temor a la muerte e incluso afrontarla con alegría.

Que la promesa de Jesús se cumple no es sólo objeto de fe; está demostrado empíricamente. En efecto, son miles los mártires que han afrontado la muerte sin temor, dejando perplejos a sus verdugos. Uno de ellos es San Ignacio de Antioquía (+ 107). Cuando iba preso camino a Roma escribe a la comunidad cristiana de la Urbe una hermosa carta en la cual les ruega que no hagan ningún trámite para evitarle el morir por Cristo: “No me procuréis otra cosa que ser inmolado a Dios… Os suplico: no tengáis en mi favor una benevolencia inoportuna. Dejadme ser pasto de las fieras, por medio de las cuales me es posible alcanzar a Dios. Soy trigo de Dios y anhelo ser molido por los dientes de las fieras para llegar a ser pan inmaculado de Cristo” (A los Romanos II,2; IV,1).

Los apóstoles fueron llamados por Jesús para que estuvieran siempre con él. Ellos tuvieron un contacto diario con Jesús durante tres años y escucharon su palabra también en la intimidad. Ahora Jesús les dice: “Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde los terrados”. Los apóstoles fueron fieles a este mandato. Ellos proclamaron abiertamente que Jesús es el único Salvador del mundo. Poco después de la venida del Espíritu Santo sobre ellos, compareciendo ante el máximo tribunal judío, sin temor alguno, declaran: “Jesús es la piedra que vosotros, los constructores, habéis despreciado y que se ha convertido en piedra angular. Porque no hay bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hech 4,11-12).

En una segunda ocasión, siendo llevados nuevamente ante ese tribunal, el Sumo Sacerdote los acusa: “Os prohibimos severamente enseñar en ese Nombre, y sin embargo vosotros habéis llenado Jerusalén con vuestra doctrina… ” (Hech 5,28). ¡Habían predicado desde los terrados! Y por fidelidad al mandato de Jesús están decididos a seguir haciendolo. Por eso Pedro y los apóstoles sin temor responden: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hech 5,29). Sin duda ellos mismos y todos los mártires de Cristo que la historia conoce han recordado estas palabras de Jesús: “A quien me reconozca delante de los hombres, también yo lo reconoceré delante de mi Padre que está en los cielos”. A veces los hombres queremos procurarnos una recomendación ante alguna persona influyente para obtener algún beneficio en esta tierra. ¡Cuánto más debemos desear la recomendación de Cristo ante su Padre para obtener la felicidad eterna y sin límites! Para procurarnos esta recomendación no hay otro medio que dar testimonio de Cristo ante los hombres. Hoy día vemos a muchos que por asegurarse  algún beneficio de esta tierra niegan a Cristo. Éstos incurren en la máxima necedad: por un bien caduco de esta tierra, pierden la felicidad eterna. Y nadie podrá argüir que no fue advertido, pues Jesús lo hace claramente: “A quien me niegue ante los hombres, lo negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos”.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo Auxiliar de Los Angeles (Chile)

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La cosecha es mucha y los obreros pocos (Mt 9,36-10,8)

El Evangelio de este domingo tiene dos partes claramente delimitadas. La primera parte es un resumen que concluye la sección narrativa de diez milagros; la segunda parte introduce el discurso apostólico que es el segundo de los cinco discursos en que Mateo organiza en su Evangelio la enseñanza de Jesús.

Al concluir la sección precedente el evangelista hace un resumen de la actividad de Jesús: “Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, procla-mando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia” (Mt 9,35). Se insiste en la totalidad: “re-corría todas las ciudades y aldeas… sanaba toda enferme-dad y toda dolencia”. Da la impresión de que no queda nin-guna aldea sin recorrer y ninguna enfermedad sin curar. El evangelista quiere decir que, mientras Jesús está en el mundo, la salvación está operando y alcanza a todos los ne-cesitados. Esta misma convicción había sido expresada ante-riormente por medio de otro resumen: “Jesús recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo… le trajeron todos los que se encontraban mal con enfermedades y sufrimientos diversos, endemoniados, lunáticos y paralíticos, y los curó” (Mt 4,23-24). Surge la pregunta: ¿Qué ocurrirá cuando Jesús ya no esté en el mun-do?

Esta misma parece ser la preocupación de Jesús. Por eso el Evangelio nos transmite sus sentimientos íntimos al considerar la multitud abandonada: “Al ver a la muchedum-bre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor”. La muchedumbre que Jesús vio y por la cual sintió compasión no se reduce a sus contemporáneos sino que abraza a la humanidad de todos los tiempos y lugares. Ante este espectáculo de desolación y desorientación –“como ovejas sin pastor”- que se presen-taba a sus ojos Jesús dice a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los obreros son pocos”. Esta afirmación expresa la desproporción entre la magnitud de la tarea –mucha cosecha- y la escasez de los medios para realizarla –pocos obreros-. Jesús entonces recomienda a sus discípulos: “Rogad, pues, al Dueño del campo que envíe obreros a la cosecha”. El cam-po es ciertamente la humanidad entera, toda la historia hu-mana. El Dueño es entonces Dios mismo. A él hay que rogar que envíe obreros en número suficiente.

Por primera vez Jesús nos informa que esta cosecha abundante deberán hacerla otros, a quienes llama “obreros”. Por eso decíamos que él se pone en la perspectiva de que él ya no esté. Aunque la característica de estos “obreros” es que son pocos, de todas maneras, son un cierto número. Ellos son los que deberán prolongar la misión de Jesús. A ellos sigue diciendo Jesús también hoy: “Como el Padre me envió, también yo os envío” (Jn 20,21). ¡Admirable misión que asumen hoy día los ministros del Señor! Jesús confía esta misión a quienes él elige y llama. Por medio del sa-cramento del Orden son configurados con Cristo y reciben poder para gobernar, santificar e instruir al pueblo de Dios. Debemos seguir la recomendación de Jesús de orar para que aumente el número de los presbíteros y que nadie apa-rezca a los ojos de Jesús como “oveja sin pastor”.

En la segunda parte del Evangelio de hoy se nos relata el momento en que Jesús llamó a los primeros que habían de prolongar su misión: “Llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espí¬ritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia”. Es la primera vez que aparece el número “doce”. El Evangelio nos había relatado la vocación de Simón y Andrés, su hermano, la de los hermanos Santiago y Juan y la de Mateo. Pero ahora se nos indica el momento en que Jesús constituyó el colegio de los doce. Lo hizo movido por la compasión que sintió ante la multitud, al verlos “vejados y abatidos como ovejas sin pastor”. Sabemos así que el ministerio pastoral en la Igle-sia nació de la compasión de Cristo. Quienes lo abrazan comparten esa misma compasión.

El Evangelio nos da a continuación el nombre de esos primeros doce que Jesús envió: “Los nombres de los doce en-viados (Apóstoles) son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, Santiago el de Zebedeo…”. Y sigue la lista completa. El Evangelio, que es sumamente parco en es-te tipo de informaciones, considera necesario consignar el nombre de estos doce. Ellos son los primeros que prolonga-ron la misión de Jesús y dejaron a su vez otros sucesores hasta hoy. Lo que hizo Jesús después de llamarlos fue dar-les poder. Es el mismo poder que tenía Jesús: “sobre los espíritus inmundos… y para curar toda enfermedad y toda dolencia”. Dotados de este poder podrán cumplir la misión que Jesús les encomienda: “Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios”.

En esta primera misión, cuando Jesús todavía estaba en el mundo, los doce son enviados solamente dentro de los lí-mites de Israel: “No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samari¬ta¬nos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel”. Dios había prometido un Me-sías a Israel, y Jesús fue fiel a esa promesa. Por eso él no salió de Israel y no se dirigió, por ejemplo, a Roma o a otro pueblo gentil; y tampoco manda allá a sus discípulos. Pero con su muerte en la cruz él obtuvo la salvación de to-da la humanidad. Por eso en el momento de abandonar este mundo, la misión que encomienda a sus discípulos es univer-sal, se destina a todos los pueblos sin limitación alguna: “Id y haced discípulos a todos los pueblos bautizandolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y ense-ñando¬les a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,19-20).

+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo Auxiliar de Los Angeles (Chile)

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