“Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” (Mt 14,22-33)

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El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús caminando sobre las aguas y a Pedro que pide ir a su encuentro. Es la continuación inmediata del episodio de la multiplicación de los panes que hemos comentado el domingo pasado. Hay que considerar que los apóstoles acababan de vivir esa experiencia y estaban aún bajo su efecto. Cuando, indicando a la multitud, Jesús les dijo: “Dadles vosotros de comer”, esa orden les había parecido absolutamente imposible de cumplir con sólo cinco panes y dos peces. Pero, en definitiva, la palabra de Jesús se cumplió, pues “comieron todos y se saciaron”.

Cuando Jesús hubo reparado las fuerzas de todos, entonces accedió a la petición de los apóstoles de “despedir a la gente”: “Obligó a los discípulos a subir a la barca y a ir por delante de él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente”. El Evangelio incluye, de pasada, una observación que es una magnífica lección para nosotros: “Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí”. Esta frase vale más que un extenso tratado sobre la oración. Jesús tenía necesidad de recogerse en la soledad y el silencio para entregarse a la oración. Después de la agitación de la jornada, al atardecer, necesitaba tener este trato de intimidad a solas con su Padre. Esto es lo que han anhelado todos los místicos y contemplativos: “Estar mucho rato a solas con Dios solo”, según la expresión de la carmelita Isabel de la Trinidad.

Entretanto la barca en que estaban los discípulos comenzó a ser agitada por las olas y por el viento contrario de manera que no lograba avanzar. Pero los apóstoles eran pescadores y conocían este lago donde se habían criado como la palma de su mano. No le tenían miedo. Era bien pasada la medianoche, poco antes del alba, cuando “vino Jesús hacia ellos, caminando sobre el mar”. Ahora sí que tienen miedo. Es el miedo del hombre ante lo trascendente, ante una manifestación de la divinidad: “Viendolo caminar sobre el mar, los discípulos se turbaron y decían: ‘Es un fantasma’, y de miedo se pusieron a gritar”. Hasta que escuchan la palabra tranquilizadora de Jesús: “¡Animo!, soy yo; no temáis”. Los apóstoles debieron sentir el gozo de pasar del temor a la confianza, debieron vivir la experiencia de quien encontrandose en peligro de muerte y sin esperanza de salvación, de pronto ve llegar las fuerzas de rescate. Eso, pero mucho más.

En medio de este entusiasmo Pedro dice a Jesús: “Señor, si eres tú, mandame ir donde ti, caminando sobre las aguas”. Comprendemos que Pedro deseara ardientemente estar junto a su Señor y que sintiera urgencia de llegar donde él. Pero la petición nos parece excesiva y hasta temeraria. Y así debió parecer a los demás apóstoles que se quedan en suspenso mientras llega la respuesta de Jesús. Para su sorpresa, Jesús responde: “¡Ven!”. Y aquí empieza la aventura de la fe. Se puede explicar lo que es la fe de manera teórica. Pero lo que ahora sucede es una representación plástica de lo que es la fe en Cristo.

“Pedro se puso a caminar sobre las aguas yendo hacia Jesús”. En la multiplicación de los panes, Pedro había experimentado el poder de la palabra de Jesús. Sobre la base de esa misma palabra que le había dicho: “¡Ven!”, ahora no tiene duda y camina sobre el agua desafiando las leyes de la naturaleza. Mientras cree, el agua se solidifica bajo sus pies; pero cuando asoma la duda, el agua deja de sustentarlo: “Viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: ¡Señor, salvame!”. Vuelve el miedo, que antes había sido disipado por la presencia de Jesús. Pedro tendría que haber mantenido la actitud del creyente que dice: “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo porque tú vas conmigo” (Sal 23,4). Jesús lo toma; pero no deja de reprocharle su falta de fe: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”.

El hombre puede obtenerlo todo de Dios, porque Dios es omnipotente. Pero el poder de Dios queda bloqueado ante la falta de fe. A Dios no se le pueden pedir las cosas “por si acaso”, mientras nos aseguramos también por otro lado. Eso es lo mismo que desconfiar de su poder infinito. Por eso fueron beneficiados con milagros solamente quienes tenían fe en Cristo. Cuando Jesús veía que alguien tenía fe suficiente como para confiar que él podía hacer un milagro, entonces lo hacía. Por ejemplo, en el caso del paralítico, cuando Jesús le dijo: “Levantate, toma tu camilla y vete a tu casa”, se requería una gran dosis de fe para obedecer. El paralítico creyó que Jesús podía sanarlo y por eso, “se levantó y se fue a su casa” (Mt 9,2ss). En otras ocasiones, a quien le suplica un milagro, Jesús responde: “Anda, que te suceda como has creído” (Mt 8,13).

Pedro, que tuvo aquí un momento de vacilación y que después incluso negó al Señor, más tarde fue confirmado en su fe. Por eso, una vez puesto a la cabeza de la Iglesia, lo vemos a él mismo diciendo a un paralítico: “En nombre de Jesucristo el Nazareno, ponte a andar” (Hech 3,6). El mismo explica este hecho así: “Por la fe en su nombre ha sido restablecido éste que vosotros veis y conocéis” (Hech 3,16). Es la fe en Jesucristo que él entonces tenía. A esta altura Pedro habría corrido sobre el agua a la menor insinuación de Jesús.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo Auxiliar de Concepción

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